Meditación periódica Imprimir
EL ÁNGEL
Dios ama al que da con alegría
(2 Co 7)
Tolstoi narra en uno de sus cuentos la historia de un zapatero
que, al regresar del trabajo la noche de Navidad, encontró a un hombre andrajoso
en la puerta de la iglesia. Se compadeció de él y decidió llevarlo consigo a casa.
Pero su mujer no le recibió muy bien. ¡Era la noche de Navidad! No contaba con él.
La mujer se enfadó, y a medida que multiplicaba sus asperezas, el desconocido se
iba haciendo cada vez más pequeño y de peor aspecto. A cada palabra hiriente, su
rostro se arrugaba más y más.
Pero la mujer, que era una buena mujer, cambió de actitud: ¡era
Nochebuena! Y dio de comer al mendigo y comenzó a tratarle con amabilidad. Entonces,
el desconocido empezó a crecer en tamaño y hermosura. Cada vez tenía mejor aspecto.
Explica el autor que el desconocido era un ángel que había caído
del Cielo, y que por eso no podía vivir más que en una atmósfera de bondad y amor.
También algo parecido sucede aquí en la tierra. Todos somos mejores
en una atmósfera de cariño, de alegría y de comprensión.
Los cristianos hemos de saber crear este clima de caridad y de
benevolencia en el que los demás se sientan bien, con más deseos de mejorar. Esa
actitud es posible si, en primer lugar, nuestros juicios sobre los demás son positivos;
si no pensamos de quienes nos rodean de una manera estrecha y reductiva. Por el
contrario, hemos de juzgar a los demás con medida ancha, procurando ver lo mejor
que hay en ellos, y no lo peor, y acostumbrarnos –nos costará lucha y esfuerzo–
a ver siempre, ante todo, la parte positiva de cada uno. Debemos procurar crear
el hábito de juzgar bien de los demás. Estos juicios positivos son la antesala de
una caridad bien vivida y reflejan una gran categoría interior.
Esta es la actitud de don Quijote en la escena del ermitaño:
Al acercarse el caballero andante y su escudero a la casa de un
ermitaño, que gozaba de la fama de ser hombre bueno, preguntó Sancho, un tanto interesado:
«—¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño?
»—Pocos ermitaños están sin ellas –respondió don Quijote–; porque
no son los que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto que se vestían
de hojas de palma y comían de la tierra. Y no se entienda que por decir bien de
aquellos no lo digo de aquestos, sino que quiero decir que al rigor y estrecheza
de entonces no llegan las penitencias de los de agora; pero no por esto dejan de
ser todos buenos: a lo menos, yo por buenos los juzgo».
Con esta disposición inicial –de ver lo bueno y no los defectos,
de tomarlos por buenos– nos será más fácil ayudar a crear un clima en el
que los demás se encuentren bien. Esto es indispensable en la vida de familia, pero
también en el trabajo, y en cualquier lugar donde nos encontremos. La vida se compone
de una serie de pequeñas ayudas y servicios mutuos, de cordialidad, de sentido positivo.
Procuremos nosotros excedernos en la disponibilidad, con alegría, con deseos de
ser útiles. Servir con buena cara, con una actitud alegre como la de María en casa
de Isabel, sin esperar nada a cambio. Nos bastará saber que el Señor lo tiene en
cuenta y lo agradece, y nos acoge entonces como verdaderos discípulos suyos.
El más grande entre vosotros sea vuestro servidor (Mt 23).
San Josemaría Escrivá solía decir: mi orgullo es servir.
Otras veces repetía a modo de jaculatoria las palabras del Señor: Non veni ministrari
sed ministrare, no he venido a ser servido, sino a servir. Con esta disposición
quería imitar al Maestro, y creaba un clima de caridad y de bienestar a su alrededor,
que ayudaba tanto a luchar por ser mejores, por imitar al Maestro. Aprendamos nosotros
a darnos, a estar disponibles, como lo estaba el Señor con todos. Esta disponibilidad
hacia las necesidades ajenas nos llevará a ayudar a los demás de tal forma que,
si es posible, no se advierta.
Nos basta la mirada agradecida de Jesús. ¡Ya es suficiente recompensa!
Cfr. El día que cambié mi vida
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