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Meditación periódica Imprimir
El oso de Corbiniano
... al entrar encontraréis un borrico, que nadie ha montado
todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta:
«¿por qué lo desatáis?», contestadle: «el Señor lo necesita»
(Lc 22)
Como un borrico de noria soy junto a ti,
y siempre estaré contigo
(Sal 72)
De la leyenda de Corbiniano, fundador de la diócesis de Frisinga,
tomaba el cardenal Ratzinger, en su autobiografía, la imagen del oso. Un oso –cuenta
la leyenda– había despedazado el caballo de Corbiniano en su viaje a Roma. El santo
lo regañó severamente por aquella fechoría y, como castigo, le cargó el fardo que
hasta entonces había llevado el caballo sobre sus lomos. Así, el oso tuvo que arrastrar
el fardo hasta Roma y solo allí lo dejó en libertad Corbiniano.
El oso que llevaba la carga del santo le recordaba al Cardenal
uno de los sermones de san Agustín sobre los salmos, donde el Santo veía expresada
su vida. Aquello que él ve en estos versículos es también como un «autorretrato»,
una explicación de su vida y luz en su camino. San Agustín, como el Cardenal, había
elegido una vida de estudio, pero el Señor lo destinó a hacer «de animal de tiro»,
borrico que tira del carro de Dios en este mundo. Ut iumentum factus sum...
como un borrico, dice el salmo.
¡Cuántas veces, comentaba el Cardenal, se rebeló el santo de Hipona
contra las menudencias de llevar sobre las espaldas su carga, que le impedían la
gran labor intelectual que sentía como su vocación más profunda! Pero precisamente
el mismo salmo le ayudaba a escapar de toda amargura: sí, es cierto, me he
convertido en un borrico, un animal de carga, pero precisamente de este modo
estoy contigo, te sirvo, me tienes en tus manos: como un borrico soy junto a
Ti, y siempre estaré contigo.
Así como el animal de tiro es el más próximo al campesino y cumple
para él su trabajo, de la misma manera él, justamente en este humilde servicio a
la Iglesia, estaba más cerca de Dios, totalmente en sus manos y era, hasta el fondo,
su instrumento. No podría estar más cerca de su Señor, no podría ser más importante
para Él.
El oso con la carga que sustituyó al caballo del santo Corbiniano
–o bien al burro de carga del santo–, convirtiéndose en animal de carga contra su
voluntad, ¿no era y es una imagen de lo que debo ser y de lo que soy?, se preguntaba
el Cardenal. Por Ti he llegado a ser un animal de carga y precisamente así estoy
en todo y para siempre contigo1, le decía al Señor, recordando la responsabilidad
que el Papa había cargado, desde hace años, sobre sus hombros.
San Josemaría Escrivá se consideraba también a sí mismo como un
borrico de carga que quería ser fiel al Maestro, por encima de todo. Muchas veces
utilizó como jaculatoria esas palabras del Salmo: Ut iumentum factus sum apud
te et ego semper tecum... Como un borriquillo soy junto a Ti, y siempre estaré
contigo. Renunció a cargos y privilegios que le ofrecían sus buenas condiciones
intelectuales y humanas, para servir –sin brillo humano, decía– a su Señor.
«Sigue considerando –aconsejaba– las cualidades del borrico, y
fíjate en que el burro, para hacer algo de provecho, ha de dejarse dominar por la
voluntad de quien le lleva...: solo, no haría más que... burradas. De seguro que
no se le ocurre otra cosa mejor que revolcarse en el suelo, correr al pesebre...
y rebuznar.
»¡Ah Jesús! –díselo tú también–: “ut iumentum factus sum apud
te!” –me has hecho tu borriquillo; no me dejes, “et ego semper tecum!” –y estaré
siempre Contigo. Llévame fuertemente atado con tu gracia: “tenuisti manum dexteram
meam...” –me has cogido por el ronzal; “et in voluntate tua deduxisti me...” –y
hazme cumplir tu Voluntad. ¡Y así te amaré por los siglos sin fin! –“et cum gloria
suscepisti me!”»2.
Ut iumentum... como un borrico. Así somos, Señor, ante
Ti, con unos deseos grandes de servirte.
Por otra parte, un borrico no necesita demasiados cuidados. Se
conforma con poco.
Cfr. El día que cambié mi vida
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